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El mejor consejo laboral

28 de noviembre de 2016



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MI VIAJE A BRUSELAS | PARTE II

24 de agosto de 2016

Antes de que empieces a leer quiero aclararte que lo que aquí cuento es mi ‘experiencia ‘Waynabox’: un viaje con destino sorpresa en Europa organizado por esta empresa. Voy a explicar a través de mi experiencia por qué yo no volvería a contratar un viaje de estas características y las razones por las que esperaba algo más.

Viajar es una de las mejores maneras de encontrarse a uno mismo. Y eso lo vas comprobando cuanto más lo haces. Viajar da libertad, independencia y suele hacerte sentir que puedes con todo. Y si encima viajas con un aliciente diferente de lo habitual, la emoción aumenta. Por eso decidimos probar la ‘experiencia Waynabox’ y viajar hacia un destino sorpresa, en lo que entendíamos, tal y como ellos reflejan, sería “una manera diferente de viajar”. Dos días antes de poner rumbo al aeropuerto nos enteramos de nuestra parada: Bruselas.


Llega el verano y empiezan los problemas para los que, por naturaleza, viven engullidos en un blanco nuclear.

Ya en invierno la situación no es agradable, cuando el blanco pálido puede confundirse con una enfermedad o, incluso a veces, el frío lo transforma en un azul amoratado. Cada año el dilema sigue un mismo patrón: llega el calor y mi yo físico debate con mi yo mental cuál es el momento idóneo para exponer las piernas al resto de seres, a sabiendas de que su color deslumbrante bien podría provocar un accidente. Cuándo es el momento de asumir que nuestro blanco nuclear debe ser expuesto al mundo es quizá uno de los dilemas más grandes de la Humanidad. Aún así, aceptamos. Sucumbimos al bochorno y es inevitable rescatar de lo alto del armario faldas, vestidos y pantalones cortos.

He aquí el siguiente reto para los blancos: asumir todo lo que vendrá después. “Muchacha, ¡qué blanca estás!”, “Chica, ¿no has ido a la playa?”, “¿No te pones morena?”. Pues no. Humanidad, no. Asúmanlo. Hay personas en el mundo, que bien porque su cuerpo no lo permite o bien porque la idea de estar a 50 grados al sol durante horas para “coger color” no les atrae; no, no están morenas. No son especies dignas de estudio, ni tienen ningún tipo de afectación cerebral que les impide disfrutar de las horas de sol o de dar vueltas cual pollo mareado en una tumbona para repartir el impacto solar. Simplemente, hay personas que no tienen ese don de la naturaleza. Son seres que pasan del blanco más profundo al rojo más preocupante (y viceversa) a la velocidad de la luz. Y no hablemos de la fase del despellejamiento, porque daría para otro post. No tienen punto intermedio. Esas personas con diez minutos al sol ya tienen el corte del bikini pero, claro, tú no se lo ves porque, a simple vista, siguen estando igual de blancas. Ese corte es para ellas como un trofeo. Su mejor prueba de verificación. Se sienten orgullosas, hasta que aparece alguien que les dice: “¡Qué blanca estás! ¿No has ido a la playa?”. De nuevo a la casilla de salida.

Chicas y chicos blancos nucleares del mundo, no pasa nada. Incluso hay famosos que están poniendo de moda el mantenerse blancos durante el verano. Haceros a la idea, el moreno intenso ya no se lleva. Se quedó atrás, es pasado. Además, es peligroso y los rayos del sol cada vez son más perjudiciales. Los blancos estamos de moda. Es lo que se lleva. Hemos convertido lo que durante toda la vida ha sido una debilidad, en una enorme fortaleza.

Felicidades, compañero de piel blanca. Este verano luciremos nuestro despampanante pálido nuclear por las playas sin el menor reparo. ¡Bravo! 



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Cuatro años

14 de julio de 2016


¿Cómo se decide un nuevo camino cuando se termina el que pisabas? En los últimos cuatro años, he llorado, he sufrido y he lamentado muchas cosas. Pero siempre he tenido el respaldo detrás de saber que tenía un sitio adonde ir. Un sitio al que volver, una segunda casa, unos compañeros, unos profesores, unas paredes que siempre me iban a acoger.

Durante los últimos cuatro años en la Universidad me he sentido como en casa. Siempre ha sido mi vía de escape a la realidad. Siempre, siempre he sentido que ese era mi lugar, mi sitio, que era donde debía estar y he dado las gracias todos los días por haber acertado en esa decisión que, en su momento, fue la más importante de mi vida. Haber apostado por lo que me salía del corazón y no de la cabeza fue la mejor decisión que pude tomar. Y siempre he agradecido que cada día pudiera pisar aquel suelo y disfrutar de aquellas vistas desde las escaleras más seguras que he pisado y, posiblemente, las que más secretos, confesiones, angustias, risas, besos y recuerdos guardan bajo nuestros pies; con las vistas de mi ciudad al frente, sintiéndome todo lo grande que podía llegar a ser. Desde ahí creía poder conseguirlo todo. Sin límites.

Y estoy, lo que se dice, a la deriva. Siento un vacío muy extraño dentro de mi, ese que me invade siempre que dejo marchar algo que sé pronto echaré de menos. En mi último día en la universidad la sensación era de desapego. Me despegaba de ella. Cada vez más lejos todo eso a lo que pertenecía, que había sido parte innata de mí durante cuatro años, que me protegía, que me hacía sentir bien; todo se estaba desmoronando. Sabía que aquel lugar ya dejaría de ser mi refugio, que esas paredes no me iban a proteger más, que ese lugar dejaba de ser mi segunda casa. Que mi zona de confort tendría que estar, a partir de ahora, en otro sitio. Dónde, no lo sé. Quizá ahora sea el momento de buscarlo. De encontrar otro confort, otra vida, de cerrar etapas. Los cambios siempre son difíciles y, a veces, incluso duelen. Pero este cambio mereció la pena en su momento y sé que el siguiente también lo hará.

Me llevo conmigo los cuatro mejores años de mi vida. Cuatro años en los que he crecido. Los cuatro años en los que más he aprendido, de mi profesión y de la vida. En la Universidad he hecho muchas cosas pero, sobre todo, he madurado. He crecido como persona y como profesional.Y estoy orgullosa. Estoy orgullosa porque miro hacia atrás y veo que mi camino recorrido en la vida me saca una sonrisa, que siempre he hecho lo que quería hacer, y una sensación de satisfacción me invade. Volvería a repetirlo una y mil veces más. Me siento realizada y esa es la mejor sensación que alguien puede tener. Por pequeño que sea lo que hayas conseguido, sentir que es lo que tu interior te dice que tenía que ser, que está bien, y que esa experiencia se guardará como una de las vivencias más bonitas que vivirás jamás, es una sensación maravillosa.

Como maravillosa es la vida que nos queda por vivir.