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Volver a brillar

23 de marzo de 2017



El post de hoy iba a ser de celebración. Celebración por la reapertura del blog, por su salida a la luz, por su nuevo diseño, por las nuevas ideas que tengo para él. Porque después de mucho pensar y trabajar en la sombra, había conseguido hacer de él lo que yo quiero: un sitio que me identifique, que refleje lo que soy. Y casualmente, en el primer post de esta nueva era iba a compartir mi experiencia en Londres: qué podéis hacer si vais y las recomendaciones post-aventura que tanto me gustan. Pero ahora ya no tiene sentido. Hoy nadie piensa en Londres como destino turístico; todo el que se planteara visitar la capital inglesa en este momento querría aportar, ayudar a acabar con la masacre. O eso quiero pensar. 

Siempre he dicho que este blog sería un bitácora de sensaciones y recuerdos, un lugar donde acumular mis reflexiones y experiencias para poder volver a ellas más adelante, cuando ya casi ni me acuerde. Precisamente por eso escribo esto, aunque normalmente no comparta este tipo de opiniones, creo que es importante que quede plasmado, guardado en este recuerdo. Que pueda volver a él y no olvidar. A estas alturas quien esté leyendo esto sabrá que hablo del atentado de Londres que ha llevado el miedo a una de las zonas más turísticas de la ciudad en la tarde del 22 de marzo. Hace sólo una semana yo pisaba el mismo suelo donde yacían los cadáveres. Sólo una semana desde que yo me paraba ahí, a contemplar el Big Ben y a sacar fotos. Podría haberme pasado a mí, o a cualquiera de los millones de personas que pasan por ese puente cada año. 

Quizá por la cercanía en tiempo y espacio, este ataque me ha afectado más. Recuerdo perfectamente el atentado de París, aquel que nos marcó inevitablemente a todos, lo tenemos guardado en la retina. Nos marcó porque lo vimos cerca por primera vez, sentimos que a cualquiera nos podía pasar. No atacaron lugares concurridos ni destinos turísticos; lo hicieron en cafeterías, restaurantes y salas de fiesta donde las víctimas disfrutaban, sonreían y bailaban. Eran personas normales, con sus vidas cotidianas, como cualquiera de nosotros. El atentado de Londres me ha hecho sentir algo parecido: me he visto allí, paseando distraída, disfrutando de mi libertad, de mis derechos. También eran personas normales como yo los que ya no están o los que ahora sufren las secuelas. Sé que todo esto es fruto de la sinrazón, del odio. Pero creo también que nosotros, los del otro lado, tenemos la responsabilidad de ser más conscientes. De interesarnos por lo que pasa en el mundo, informarnos y exigir. Porque aunque sólo se nos revuelve el estómago cuando su aire nos roza y eriza la piel, la situación tiene mucho más trasfondo. 

Hace crecer el miedo de la mayoría y el odio hacia una minoría. Nos priva de la seguridad que nos dan nuestras calles, nuestras plazas y ciudades. ¿Cómo puede haber gente que quiera borrar sonrisas de esa manera? Es más, ¿cómo pueden sentirse alguien con el derecho de eliminar lo que no considera de su agrado? Qué importantes son el respeto y la tolerancia. Falta mucho de eso en nuestro mundo. Hoy no tiene ningún sentido hablar de política o religión. Hoy hablamos de personas que mueren y personas que matan, personas con ganas de vivir y personas con ganas de difundir el terror. 

Pero la vida sigue (como lo hacen las cosas que no tienen mucho sentido, leí una vez por ahí). Es así, pero para mucha gente nada volverá a ser como antes. Y creo que cada persona necesita un tiempo concreto para pasar su luto particular, para asumir, recapacitar, pensar en qué puede cambiar y cómo puede aportar. Y, después, podremos coger impulso y volver a empezar.

PD: Habrá dos post próximamente sobre mi viaje a Londres. La vida sigue y nosotros debemos hacerlo con ella. Seguir viajando, seguir sonriendo, seguir paseando bajo el sol, seguir, al fin y al cabo. Volver a brillar. 

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