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SENTIRSE GUAPA

16 de julio de 2017


Cuando decides dar el sí quiero, el paso más importante antes de una boda es elegir el vestido de la novia. Puede que sea quizá lo más difícil para la mujer; decidirse por el vestido que le acompañará en el día más importante de su vida, el que protagonizará todas las fotos, el que deslumbrará al novio en el altar, en el que todos fijarán la mirada, el que luego será criticado o adorado por quienes tengan el privilegio de contemplarlo. Es la joya de la corona de un enlace. Es de lo que todo el mundo habla después. Uno de los protagonistas indiscutibles. Así que, el momento de elección no es nada fácil. Quienes trabajan en eso deben de haber visto dramas más grandes que los que se ven en televisión. 

El único requisito para el día X es estar impresionante. Encandilar. Por eso hay que acertar sí o sí con el vestido y éste tiene que cumplir muchos requisitos para ser el elegido. Sentirte guapa, cómoda, muy tú y muy poco disfrazada... Pero, ¿qué pensarías si cuando llegas a la tienda no te lo puedes probar y sólo puedes imaginártelo en tu piel? Si te quedas hasta el final del post podrás leer una historia muy real.


Dicen que estás ante tu vestido de novia perfecto cuando levantas la cabeza frente al espejo y dices: "es éste". Pero claro, para eso necesitas vestidos de tu talla que te puedas probar y elegir. ¿Conocéis a alguien que se haya comprado un vestido para su boda sólo imaginándoselo, metiendo las mangas y apoyándolo encima del cuerpo, por fuera? Pues posiblemente si utilizas más de una talla 40 y has querido buscar el atuendo con el que casarte, hayas tenido que vivir esa situación. No todas las mujeres son perfectas y las novias tampoco. Se nos llena siempre la boca hablando de mujeres reales pero, ¿qué pasa con esas mujeres que ante el día más ilusionante de su vida, llegan a las tiendas donde deben poder probarse algún vestido y se encuentran con que no tienen ninguna talla grande? 

Sólo tienen las muestras, lo entiendo. Pero también entiendo que si sólo tienes una talla de vestido cuando vas a atender a mujeres de infinidad de 'anchuras', todas puedan probárselo. Tiene su lógica ¿verdad? Es indignante y doloroso que una mujer 'con curvas' no pueda probarse un vestido de novia con dignidad como todas las demás. ¿No todas somos princesas de la 36, sabéis tiendas de novia? Hay vida más allá de la talla 40 y también se llaman mujeres las que sobrepasan la barrera. También se casan y tienen hijos. Y también tienen derecho a poder probarse un vestido de su talla. ¿O qué hacemos? ¿Les probamos por encima, metiendo sólo las mangas y esperamos que se vean radiantes y maravillosas y decidan que es su vestido ideal? ¿Cómo va a sentirse guapa alguien en un vestido que no le entra?

¿Por qué ninguna tienda de vestidos de novia tiene muestras que puedan probarse todas las mujeres, incluidas las que tienen barriga post parto o las que son anchas de caderas? ¿Tienen menos derecho a brillar ellas que las demás? El momento de probarse vestidos es muy importante para una novia. Mucho. Lo sueñas desde que aceptas unirte con la otra persona, y tener que pasar el mal trago de no verte con absolutamente nada de lo que te gusta es duro. Muy desagradable. Y las 'asesoras' intentando meterte a presión en un vestido que no es el tuyo, lo es más aún. Y es una situación que no es nada complicada de solucionar porque es tan sencillo como tener tallas grandes, que todas se puedan probar y que a las delgadas se le pueden sujetar con pinzas a la espalda para que se sigan viendo perfectamente estupendas. 

¿Hay necesidad de ver las caras de decepción del resto de mujeres, que también son novias, también van a casarse y también tienen el derecho de sentirse princesas por un día, por el simple hecho de no tener talla suficiente en el muestrario de vestidos? 

Quiero que todas las mujeres del mundo puedan verse guapas el día de su boda. Quiero que no tengan que imaginarse cómo les quedará un vestido, quiero que entren en él y puedan decidir. Quiero que cada mujer que elija casarse pueda escoger sin miramientos y sin desilusiones, y quiero que puedan levantar la cabeza y decir: "es éste". 


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Llega sobre las 10 de la mañana bajo el calor sofocante de la ciudad y con una idea preconcebida. La reciben con mucho afán de amabilidad, llamando a la novia por su nombre. Probarte vestidos es como ir al médico, necesitas cita previa, mucha antelación y tenerlo todo muy claro. La asesora la acompaña hasta la mesa donde, insiste, quiere conocer a la prometida un poco mejor: sus ideas, sus gustos y su estilo, para poder acertar con las muestras que pocos minutos después le va a probar. Sin embargo, sólo pregunta mes y año del enlace y el lugar de la ceremonia. Pasa con el dedo índice en el ordenador todas y cada una de las fotos del catálogo. Apunta los nombres de los vestidos en los que escucha: "me gusta", aunque no se para a comprobar si encaja con los parámetros anteriores. 

Después de un nada exhaustivo análisis de la novia de la cita de las 10.30, la conduce al probador. Amplio, y con una pequeña plataforma en el centro rodeada de espejos. La asesora pide a la novia su talla de zapato para traerle algo de tacón y le encaja un cancán bajo la cintura. Se va. Al rato vuelve con la primera elección sobre las manos. Era el favorito, el que la novia traía en su cabeza y en la captura de pantalla de su móvil. Prefiere quitarse los tacones para estar más cómoda. Fuera también el cancán. Se ve a la legua que el vestido es pequeño para quien está sobre la plataforma, pero la asesora insiste en meterlo por la cabeza. Varios tirones e incomodidades después, cambia la estrategia y decide intentarlo por abajo. Sigue costando, y aún sabiendo que se puede rasgar, tira hasta colocarlo en el cuerpo de la ahora modelo. No es su talla. Ni siquiera se le acerca. Ella se mira en el espejo y se puede ver la decepción en sus ojos. Está completamente embutida en su vestido favorito, no le queda bien y hasta empieza a agobiarse. Descartado. Fuera cuanto antes. Abajo la torre de naipes. Con los cinco que vienen después se sucede la misma escena: vestidos que no suben, pruebas sólo por encima, y vestidos que la novia se tiene que imaginar, ya no sólo en el día de su boda sino también sobre su cuerpo, porque no entran. 

Al sexto, y casi sin respirar, encuentra uno que podría gustarle. Tiene toda su energía concentrada en lo que le aprieta y no le queda para pensar si de verdad le gusta o no. Se lo tiene que imaginar algunas tallas más grande, pero a la vez tiene que soportarse con él puesto, pequeño y apretado. Escucha a la asesora victoriosa por detrás, intentando convencerla de que es el típico vestido que luego ves en Instagram, pero ella sólo tiene una cosa clara: no volverá. 

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